Los bebés, entre la cuna y el diván

Publicado 09/10/2009 10:00


Una nueva tendencia agita las aguas en el mundo del psicoanálisis: las terapias para infantes. ¿Responden al resurgimiento de una corriente olvidada o se trata sólo de una moda? Mientras las editoriales suman cada vez más títulos sobre la especialidad, los psicoanalistas debaten el tema.

Como así al modo de los viajes de egresados, o los bailes de matinée, que van amplian­do su margen de edad hacia abajo (los viajes al final de la primaria o las tardes para danzarines de 10 años) la terapia psicoanalítica, de la mano de las varias otras tera­pias, lanza al mercado una abru­madora oferta de psicoanálisis de bebés. Mucho más allá de los plan­teos de Otto Rank (1884-1939) que desplazó el origen de la neurosis del complejo de Edipo al "trauma de nacimiento", es decir al sufri­miento que ocasiona la entrada en el mundo del pequeño infante, los planteos modernos se sustentan en la interpretación sintomática de cualquier malestar o modificación en los estadios de la evolución.

Ahora bien, estas interpretacio­nes son y han sido el fundamento de numerosas hipótesis acerca del funcionamiento del aparato psíquico, la formación de la sub­jetividad como tal, las relaciones primordiales y estructurantes de los primeros estadios de la vida, pero la tendencia actual apunta a la modificación de la conducta o el malestar que convoca a la consul­ta. Lejos de estos planteos investi­gativos, el acento se ha trasladado a una intervención directa que a veces llega hasta los ingenuos ex­tremos de una explicación verbal dirigida al bebé en cuestión.

En una vertiente distinta, Fer­nando Egea, sociólogo y psicoana­lista español, lo considera como un novedoso aporte del psicoanálisis aplicado que permite detectar más tempranamente patologías como el autismo e incluso, estudiando el comportamiento del bebé, anti­cipar otras patologías que podrían sobrevenir. Para él, esta práctica pone el acento en cómo se relacio­nan los padres con el niño.

Uno de los efectos de esta ten­dencia se ve en los catálogos de las distintas editoriales dedicadas a es­ta especialidad; baste de ejemplo la emblemática editorial universitaria francesa, Publications Universitai­re Francaise que en el mes de no­viembre publicó La psicosomática del bebé y La psiquiatría del bebé y ni hablar de las publicaciones esta­dounidenses que mezclan alegre­mente la psicología cognitiva con rudimentos de medicina. Incluso en nuestro país circulan Psicoa­nálisis de bebés y niños pequeños de Elsa Coriat de Editorial de la Campana, Clínica psicoanalítica con bebés prematuros de Cathe­rine Mathelin que publicó Nueva Visión y Dolto/Winnicott, el bebé en el psicoanálisis de Gèrard Gui­llerault de Area Paidós.

Dualidad sujeto-objeto

Para la doctora Silvia Schlemen­son, profesora titular de Psicope­dagogía Clínica de la Facultad de Psicología (UBA), las investiga­ciones en este campo no pasan de ser experimentalistas y en ellas, generalmente se soslaya que la cuestión del bebé hace eje en la constitución de la alteridad. En este sentido se calificaría de bueno
o malo el vínculo en el que el bebé está inserto en lugar de analizar cuáles son los elementos (historia familiar, su lugar como objeto de deseo, su relación con castración de sus padres, y otras) que hacen de ese bebé el sujeto que es y no otro.

Para Schlemenson, "las inves­tigaciones psicoanalíticas sobre el bebé activan las posiciones acerca de la dualidad sujeto-objeto. Re­conocen las situaciones de depen­dencia vital y afectiva que conduce a una simbiosis inicial y realzan como eje la transferencia afectiva que va de un adulto hacia el niño. Pero sabemos que este adulto es un sujeto erotizado que asiste al niño desde sus experiencias libi­dinales. Entonces, ¿por qué se lo analiza casi siempre desde la cali­dad de la relación y no se la signi­fica históricamente?"

Alba Flesler, psicoanalista y au­tora de El niño en psicoanálisis y el lugar de los padres de Editorial Paidós, plantea que proponer un psicoanálisis de bebés abre una cantidad de interrogantes acerca del sentido y exige reubicar las coordenadas de lo que se piensa como sujeto. Para ella se trata siempre de sujeto y lo pertinente sería preguntar ¿qué tiempo del sujeto es éste? Es precisamente el tiempo en el que el otro habla del bebé, el tiempo en que es hablado. Saliendo del error de considerar­lo como objeto, la posibilidad de observar al bebé permite empezar a detectar el comienzo de la cons­titución del sujeto, pensando el sujeto, según Flesler, como aquel que responde al otro estableciendo una marca diferencial.

Esto se da cuando los padres, al hablarle al bebé, establecen un intervalo en el cual este bebé empieza a realizarse como sujeto.Aquí la única intervención posible es aquella que se da en el víncu­lo con los padres que vienen a la consulta preguntando por algo que no saben (por qué no duerme el niño) y hablando con el analista van produciendo un saber que, se­guramente, tendrá que ver con di­cho síntoma y con su historia, un saber que el analista irá constru­yendo con ellos. Si esto produce algún efecto sobre el síntoma del bebé es, como se considera tradi­cionalmente en psicoanálisis, por añadidura.

Desde una mirada más inter­disciplinaria, se puede leer aquí un fenómeno que, junto a la se­lección genética y las diversas ma­nipulaciones en esta área, apunta en dirección de la no tolerancia al error y a la diferencia y, exige, en nombre de la supuesta salud ideal, la intervención temprana del per­sonal que garantice tal resultado.

Los padres, muchas veces víctimas de toda una paraferna­lia psicologista, no llegan a darse tiempo a ser ellos los verdaderos interlocutores de sus hijos y nece­sitan una autoridad externa que les indique qué conductas adop­tar. Entonces, la respuesta a esta demanda es lo que debería sepa­rar la posición psicoanalítica de las demás terapéuticas posibles.

Fuente:

Clarin

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